Un libro que nació desde las entrañas de un huracán



René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba presentó el texto. En la misma mesa, los autores de GentedelBarrio y del libro Cuando la palabra se parece a la vida.
Foto: Calixto N. Llanes

Hola Gente!!! Hace unos días los autores de GentedelBarrio publicamos un libro sobre el paso del huracán Gustav, categoría V de la escala Saffir Simpson por Isla de la Juventud. En el texto de Cuando la palabra se parece a la vida pretendimos dejar testimonio del drama sufrido por los habitantes de la Isla de la Juventud en agosto del 2008, cuando toda la geografía insular quedó a merced del cielo al ser arrasada por ese huracán, uno de los más siniestros fenómenos naturales que azotaron el municipio especial en 50 años.

En un estilo ameno, coloquial si se quiere, este ejemplar recoge a manera de diario vivencias de personas afectadas por ese evento, análisis, reflexiones; compilaciones periodísticas que reflejan cuánto se hizo por restañar los daños materiales y espirituales del pueblo. Asimismo, refleja la voluntad política de las autoridades del territorio y del país por reducir al mínimo los perjuicios y enfatiza la confianza de los pineros en la Revolución cubana, único sistema social que tiene al hombre como su principal benefactor.

Cuando la palabra… se escribió también para que las futuras generaciones tengan a mano un material de consulta relacionado con una cultura creada por siglos de enfrentamiento a fenómenos climáticos en una isla que se ubica dentro del itinerario casi obligado de huracanes y tormentas tropicales que se deslizan por el Mar Caribe.

Al leer las historias se siente la pasión o el miedo de aquellos trágicos momentos. Escrito con un lenguaje claro y preciso, el libro es asequible a todo público ya que los textos salieron del corazón y la memoria de sus protagonistas: usted, él, ella, nosotros…
Sobre la presentación del libro, el periodista Ricardo Ronquillo Bello, escribió en Juventud Rebelde la siguiente crónica que dejamos a su consideración.

Escribe Ronquillo: Los periodistas Ana Esther Zulueta Avilés y Roberto Díaz Martorell presentaron en la Redacción de JR el volumen Cuando las palabras se parecen a la vida, una historia apasionante de amor, de solidaridad, de fraternidad.

El techo de la casa voló. Y mientras el cielo se abría como un espectro ante sus ojos, Ana Esther pensaba en abrazar a su madre. Si al fin se iba de este mundo entre ráfagas de viento, relámpagos, truenos y aguaceros, ese viaje celestial debía ser entre los brazos cálidos que la mecieron a la vida.

Hay algo extraño, elevado, que a veces provocan las tragedias: ese salto inaudito del horror al amor; ese trance en el que mientras las furias naturales —que son también las de la existencia— intentan entregarnos a los demonios, nos devolvemos como ángeles.

No todos los libros provocan sensaciones tan fuertes como para terminar en llanto. Así ocurre con un texto como el que este jueves en la tarde se presentó en la Redacción de nuestro diario, nacido de la ternura de dos colegas como Ana Esther Zulueta Avilés y Roberto Díaz Martorell. Leyendo Cuando las palabras se parecen a la vida no puede evadirse ir de las emociones a las palpitaciones más tiernas.

El presidente del Instituto de Historia de Cuba, René González Barrios, no escatima en dibujarnos la obra de estos enamorados de «su Isla» al sur del archipiélago como una «novela de tensión; una historia apasionante de amor, de solidaridad, de fraternidad; de cómo el pueblo de Cuba ayudó a los pineros tras el huracán Gustav —la peor tragedia natural en esa tierra en los últimos 50 años—; y de cómo los pineros se ayudaron ellos mismos. «Es un libro fabuloso, escrito con una prosa elegante y apasionada», cierra el historiador.

No es casual que en el prólogo Elena Carujo Morales nos diga que entre estas páginas se habla de la inclemencia, el agua y las historias tristes, pero al mismo tiempo se enciende la luz de la esperanza, la otra historia que se escribió sobre las hierbas quemadas y las ramas de los árboles que inundaban las calles; las historias de los niños, las mujeres y los hombres de esa Isla que no se quedaron a llorar sobre las ruinas de sus casas, escuelas y parques cuando, como describió Fidel —y fundamentaron científicos— habían sufrido el impacto de una bomba atómica.

Las historias que aparecen, contadas muchas con la urgencia periodística en este diario, Granma y la Agencia de Información Nacional, tienen ahora el vuelo literario, mezclado con la experiencia desgarradora, a la vez que todo lo humanamente hermoso y reconfortante vivido por ellos, narró Ana Esther.

A Roberto le sigue apretando el pecho el esfuerzo humano para salir de la tragedia. Ese salto esperanzador que siguió al derrumbe, y la confianza y el amor por Cuba que parecían haberse sembrado como ráfagas de viento. «Las personas estaban sentadas ante su casa devastada, y por techo levantaban al viento una Bandera nacional».

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